Juguemos a jugar que somos Madres

dedicado al Dr. M.A. de Boer, hijos y sobrinita Suyahi

Nací como persona. Como víbora que se atraganta con su cola,
única hija, como Melpómene, dijo mi padre,
devine diosa de todas las tragedias, como mi madre.

Soy una mujer hermosa. Lo siento, Capitán, nos hemos conocido
un poco tarde. Erguido, bigotudo, armado, pintoso, como mi padre.
Soy la Libertad, os lo repito. Soy bandera, soy senos, soy marsellesa.

Soy quimera, un hecho y mil palabras. Aturdida. Histérica, un ser cambiante.
Hundidos ya mis dientes, soplan al viento los quijares y bebida la sangre coagulada,
de fieras amaestradas su orina, su semen, su ignorancia, sus cigarros...

La vagina que muerdes, pequeñito perro ser que me penetras
como un buitre, la que cabalgas como a tu madre y violas
como a tu hermana, sin saber que eres pueblo, gendarme, camarada.

Un número y violada: duerme, no llores, no te mates, mira el vuelo de las calandrias
rojo y blanco, y en el campo, recuerda, eras el humor reverberante, en el lecho
colina sin bastiones. Tu juventud nos daba la esperanza. No la llores, madre.

Muriel: en el despeñadero mapuche fuiste fusil en alto, llamarada,
alumna, hija, tía, hermana, amiga, novia, esposa, compañera
amenazada entregada golpeada sucumbida. Muriel acribillada.

Regaron los servicios con mi sangre, te entramparon, desnudaron, enlazaron,
penetraron, cinco, diez, quince, veinte, cien veces, asesinos blancos, vomitabas
y aun profanada, no delatabas, no llorabas, nada nos cambiaba.

Aúlla sí el golpeador, el gran dios de los genuinos zánganos,
de los colegas sin substancia, de los desarropados con miedo,
el dueño feroz de esa luz incesante con que trataron de desnudarme el alma.

No nos fusiles, no nos golpees, ya basta, mataste a tu inocencia,
no dejes que te escupa quien te mate; el amante te abraza,
los padres te suplican, el centinela tiembla, y cuenta: otra vez

hasta diez, y vuelas ahora paloma rojinegra vestida de mil soles.
No la embarace, no la roce, no la hiera, mejor mátela, Coronel, y la embaraza,
la roza, la hiere, es una niña, gime, sangra, se abomina, y la hiena mata...

Subiremos otra vez las escaleras adonde el sol calienta, la primavera va desnuda,
crecen las sierras y los volcanes rugen, hablemos de los partos, juntas las manos
juguemos a jugar que todas somos Madres.

Marta Raquel Zabaleta Hinrichsen

Epping, 9 de febrero de 2003.

Close this window