Mujeres

Era la tarde
cuando las mujeres de la calle latían de frío en las veredas.
Cuando el viento del sur entorpecía las claridades azules del invierno.
Qué malo fue mirarlas simplemente.
Ellas que inventan risas a la noche para amortajar angustias.Eran ellas, sí
-las mismas que encendían en la memoria diseños de mujeres desveladas
o antiguas muñecas de loza, decoradas con el whisky o con el rhum.
Ellas, las que las niñas soñaban de mentira
porque no creían que fueran de verdad, de carne y hueso.
Botas y medias atrayentes, minifaldas abiertas y remotos secretos.

Cómo nos sorprendimos esa tarde cuando advertimos que eran ciertas.
No lisa cartulina en las veredas.

Un jazmín en el pecho para intentar pudores inconclusos.
Ellas, pobres, mujeres a la venta, con una gota azul en el corazón zurcido de tristezas.

Y el ruido de un balcón con otras que miraban la ironía alquilada en cada calle..
Autos que iban y venían. Bigotes o caras rasuradas, de risas y colores.
Y una extranjera blanca, casi azul, que las miraba absorta,
como si tuvieran que salir corriendo o espantarlas del mundo.

Ellas, las pobres mujeres de la calle .A la venta.
No fue preciso, no, irse hasta Amsterdan o a cualquier lugar lejano de la tierra.
No precisan vidrieras .Están allí al alcance de la mano
con un desvalimiento en andas en medio del tibio desamparo.
No existen más extrañas vibraciones, sino sólo la espera.

Una moneda o un billete se extravía en su canto..

Un pan para los hijos, desdibuja la noche del verano.

Rosa María Sobrón

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